ORTODONCIA
Emilio se acomplejaba de su sonrisa, parecía la de un horco
feroz de warcraft, o la de un diablo que carcajea nerviosamente con chistes que
solo el comprende. Su madre le dice que los dientes torcidos se deben a su desobediencia.
Desde niño, junta con la abuela, lo perseguían por la casa para sacarle los
dientes flojos. A Emilio le aterraba el dolor, el sabor a hierro de la sangre
inundando su boca. Le aterraba repasar una y otra vez con la lengua la cavidad
dental hueca y las encías doloridas, por eso se negaba, huía y elaboraba toda
clase de estratagemas como excusas para evitar las extracciones forzosas. En
algún momento, alguna ocupación doméstica, hacía que mamá o la abuela se
olvidaran del asunto, para recordarlo la próxima vez que lo veían detenidamente
sonreír, eran mujeres ocupadas y esto ocurría apenas cada tanto. Como a muchos
niños intentaron incentivarle con el mito del ratón Pérez, cuando lograban
atraparlo y extraerle alguna pieza, lo compensaban con alguna moneda de medio
dólar bajo la almohada. Quizá hubiese sido más estimulante subir la suma de
estos tesoros, pero su familia no podía excederse con las recompensas, los
antecedentes de la desaforada apetencia de Emilio por las golosinas de la
tienda de abastos, era bien sabida por todos en casa.
A Emilio nunca le importó como luciría en el futuro, nunca pensó
que sería importante sonreírle a un jefe desagradable, a alguna muchacha
ruborizada y curiosa. Nunca sospechó que con su risa desalineada podía crear
heridas simultáneas en sus interlocutores y en sí mismo frente al espejo.
Emilio muerde una manzana, la distancia ligeramente, mira incomodo la mordedura
enigmática de su dentadura, la huella de una criatura extraña. “My smile is a
rifle” vaticina en el coro de una canción el gran John Frusciante. Otra sonrisa
solitaria.
Julio, amigo de Emilio, tiene dientes perfectos y clasifica a la
gente según sus dientes entre: gente de bien, que tiene el tiempo de los
ademanes de higienes minuciosas, o gente callejera, que no suele dormir en
casa. Julio dice que la risa es especialmente particular, una antítesis de toda
esa seriedad y compostura que buscamos trasmitir. “La risa deforma”, dice
lapidariamente. Emilio se grafica mentalmente en todas esas ocasiones en las
que de verdad la risa lo ha deformado, se ve encorvado, apoyándose de cualquier
cosa para no caer al piso, doblándose, lagrimeando, escurriéndosele algún hilo
de saliva ignoto, con el abdomen casi acalambrado, con las mejillas temblorosas
y doloridas, para súbitamente descubrir que ha sido el último en prolongar
tanto la risa, se ve voltear y descubrir que ya nadie más se reía.
Emilio no entendía la razón de la estúpida risa del villano de
Batman, el mítico joker, siempre le pareció tan sintética y sin justificación
lógica. El joker de Heat Leadger, por ejemplo, se lamia constantemente las
comisuras de los labios, para mediante la humedad de la saliva fijar el látex
que simulaba la cicatriz de su boca. Emilio, en cambio, lame con frecuencia sus
comisuras más en señal de hambre, de sed, por la lascivia aridez de su tierno desierto
bucal desalineado, que nadie besa hace meses. La suya es una cicatriz de amor.
No fue hasta la adaptación de 2014 en la que el Guasón fue
interpretado por Joaquín Phoenix que la risa cobró sentido. Resulta que en esta
adaptación el personaje sufre de una afección pseudobulbar y expresa risa
o llanto incoercible de manera impredecible, involuntaria y espantosamente
nerviosa. Frecuentemente, esta patología es confundida con otros trastornos
como depresión, trastorno bipolar, de ansiedad, de personalidad y
esquizofrenia. Esta risa es sorda y ahogada como si alguien arrastrase
chillonamente un cachibache metálico, esta risa expresa una continua frontera
entre la carcajada y el llanto.
Entonces, Emilio nota que ríe por regodearse en su tristeza, por
el cansancio que le produce vivir con solemnidad, para huir de la tensión. Ríe
en búsqueda de algo que le aligere banalmente la vida, a veces tan pesada,
perdida en los ademanes de la apariencia. Ríe para emanciparse. Ríe por terror
al silencio, para evitar llorar. Ríe para glorificar el sin sentido que subyace
en todo.
Tras un año de radiografías, y la recuperación de la extracción
de cuatro molares, empezó un tratamiento de ortodoncia. Su amigo Yannier dice
que es una forma pública de reconocer la desviación, de hacer público el deseo
de rectificarse para agradar. En el fondo, Emilio siempre soñó con una sonrisa
de comercial de pasta dental. Lo único que extrañará, es esa retorcida satisfacción
que le producía desagradar con su risa, herir como un filtro para averiguar
quién estaba dispuesto a ver más allá de su apariencia.
Ahora sonríe al espejo con complicidad, su risa no hiere por su desalineación, hiere por su brillo, corta por la dureza del acero, hiere por los años que han afilado su oscuro sentido del humor.
- Antuán Bernal

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